15 dic. 2017

Ella es una estrella (Natalia y Agustín)
















Era un día común en el trabajo. Agustín fue enviado a cubrir un evento como corresponsal en Jalisco. Ahí conoció a Natalia, una linda chica que trabajaba como secretaria y con quien ya mantenía comunicación porque ella le recibía los reportes de su agencia, vía correo electrónico.


Natalia no sabía cómo era él físicamente y, hasta el día que se percató de ello, por accidente, en una convivencia de la empresa donde trabajaban, no lo perdió de vista.


Natalia y Agustín se conocieron más, platicaron, bebieron juntos algunos tragos y al finalizar la medianoche, sus labios se dieron un beso inesperado. Él se enamoró poco a poco de ella. Desgraciadamente la distancia y la situación de Agustín eran dos obstáculos para que este amor prosperara (él estaba casado y vivía en Michoacán, a cientos de kilómetros de la que se convertiría en el amor de su vida).


Sin embargo, día con día, el sentimiento de Agustín hacia Natalia era más fuerte hasta que llegó un momento donde la negación era inevitable. Laura, la esposa de Agustín, comprobó, a través de un mensaje de su celular, que lo estaba perdiendo. Ella hizo todo lo posible porque se mantuviera la relación, pero fue inútil: Agustín la dejó y se decidió a buscar a Natalia, la humilde secretaria que trabajaba a varios kilómetros de donde él vivía. Laura, molesta de la situación, lo corrió de casa y le dijo que nunca más quería estar cerca de él con unas simples palabras: "¡Vete al carajo!". Agustín jamás la volvió a ver, ni siquiera para tramitar el divorcio, menos a saber de ella. Por fin era hombre libre, mientras Laura lloraba en secreto bajo el cobijo de sus amigas confidentes.


Natalia es madre soltera. Tuvo un hijo hace años, producto de una relación fugaz con Manuel, hombre casado de Tijuana que trabajó como supervisor de supermercado cuando Natalia era su empleada. El tiempo pasó, Natalia quedó embarazada pero Manuel no quiso adjudicarse la responsabilidad porque no quería poner en riesgo su matrimonio. Así, sola y sin nadie que la apoyara en Tijuana, Natalia se mudó a Jalisco. Pese a todo, enamorarse no representaba ningún obstáculo para ella.


Para Agustín, el hijo de otro tampoco era una barrera. Nunca supo, hasta ese momento, lo que era enamorarse de verdad, sin importarle que fuese de una madre soltera. Los tabúes ya no le importaban; es más, quizá sería un preámbulo para que ensayara su rol de padre. Se hicieron novios y estaban muy cursis. Pese a la distancia, la relación tenía vida, tenía mucho amor y sobretodo mucha esencia. Natalia y Agustín se sentían muy unidos.


De tan enamorados que andaban, planearon el matrimonio. Con el correr de los meses sus familias pusieron obstáculos y defectos en sus respectivos "parientes por afinidad". Aún así, esto no era impedimento. Su sentimiento era más fuerte que La Muralla China. Un "te amo" entre ellos cimbraba más que un terremoto.


Se acercó la semana del matrimonio y la pregunta clave era ¿cómo iban a vivir? Agustín le planteó que se fuera a la ciudad donde él radica, situación a la que sorprendentemente Natalia se negó. Agustín le propuso entonces que él se iba a la ciudad donde ella vivía, situación a la que también se negó:


— ¿Entonces qué es lo que hace falta?  —preguntaba Agustín—.
— Pues mira, ¿qué te parece si tú te quedas en tu ciudad y yo en la mía, me rentas un departamento y sólo me vienes a ver los fines de semana?


La propuesta de Natalia dejó perplejo a Agustín:


— ¡Cómo? —preguntaba—.
— ¡Sí! —insistió Natalia—. Tú lo rentas y vienes a verme. ¿O crees que esto iba realmente en serio? Eres demasiado tonto. Creo que estabas muy equivocado.


Natalia soltó una carcajada frente al rostro desengañado de Agustín que no tuvo otra opción que cancelar los planes para el matrimonio.


Esto provocó que dejaran de verse unos meses. Posteriormente se reconciliaron, pero después Natalia buscó la forma de deshacerse de él con un amante.


Y la historia seguía repitiéndose una y otra vez con un hombre diferente para Natalia en cada momento; pese a ello, Natalia sentía un gran amor por Agustín y por eso aún le llamaba constantemente. Difícil que ella olvidara lo caballero que había sido y la manera como la trataba. Nadie le había dado el amor que ni siquiera merecía.


Agustín admitió que fue arriesgado luchar por ella, pese a todo, no se arrepintió de hacerlo (aunque estuvo a punto). Ahora estaba condenado a la soledad.


Paso más de un año sin que uno supiera del otro. Hasta que un día Natalia retomó el contacto y le volvió a llamar.


Después de reunirse, descubrieron que ambos sentían lo mismo que cuando se enamoraron intensamente; pero Natalia volvió a realizar la misma jugarreta: inventar una excusa para alejarlo, conseguir un amante y después llamarle nuevamente.


Él, siendo consciente de esto, tuvo que armarse de valor y prefirió rechazarla para siempre, pese al dolor emocional que ello le provocaba. Empezó a salir con una chica y no lo llenaba, con otra y nada. Optó por quedarse solo, resignado a que ya no conseguiría a nadie como ella, a pesar del daño que le hizo. Ninguna mujer cubriría el hueco emocional que le había dejado.


Ella, por el contrario, se sintió ofendida. Ningún hombre la había rechazado y el único que lo hacía era el amor de su vida. Por lo que encontró una manera fácil de llamarle la atención: se convirtió en modelo, no funcionó; en bailarina exótica y tampoco funcionó; en cantante y tampoco funcionó; en actriz y tampoco funcionó. Natalia, en el lapso de dos años, ya era una mujer muy popular, pero no conseguía la atención de su amado, pero sí la del resto de la gente: se había vuelto una estrella.


Agustín fue despedido de su trabajo por depresión y baja productividad. En consecuencia, se fue a vivir muy lejos, donde nadie supiera nada de él. Natalia, en contraparte, ya había recibido contrato para hacer una película, una telenovela y un calendario sexy.


El éxito de la popular Natalia iba en imparable ascenso que se hizo novia de un importante empresario y anunciaron su boda que realizarían en unos cuantos meses, nupcias que, por cierto, incluían en el acuerdo, vivir juntos, nada de rentas de departamentos.


La sociedad estaba feliz por importante unión, pero en el fondo, Natalia se sentía vacía. No sabía nada de Agustín, el amor de su vida. Lo extrañaba mucho. Tenía ganas de verlo, besarlo, abrazarlo muy fuertemente y decirle que no podía estar sin él, que era la causa involuntaria de su éxito laboral, pero la voluntaria de su rotundo fracaso sentimental.


En cambio, Agustín se convirtió en vagabundo. Realizó algunos trabajos como pintar casas, recoger basura o limpiar banquetas a cambio de un poco de comida mientras recorría diversas ciudades y pueblos perdiéndose entre depresión, alcohol y lamentos. Un día, a través de la televisión y los encabezados de periódicos que observaba en los puestos, se percató de que el amor de su vida se casaría. No sabía qué hacer. Se emborrachó, recorrió más caminos, donde se topó con un río y con una actitud derrotada, se lanzó y terminó ahogado justo un día antes de la boda de Natalia.


La ceremonia estaba lista. Natalia lucía un impresionante y caro vestido blanco de diseñador de renombre. Los medios del espectáculo le dieron una extensa cobertura al evento; sin embargo, antes de partir a la iglesia, se percató, a través de la nota roja de un diario, que el amor de su vida había muerto. Su estado de shock era notorio. La gente creía que era por el matrimonio a donde llegó sin ningún contratiempo. En el momento cuando el sacerdote le preguntó que si aceptaba por esposo al empresario, se quedó callada, se fue de la iglesia corriendo, tomó su vehículo y efectuó una huida al río, pero en su recorrido se perdió en un bosque donde descendió del carro porque se le acabó la gasolina, corrió entre los árboles hasta que ya no pudo más por el cansancio y gritó con mucha ira y llanto, en plena oscuridad, lo siguiente:


— ¡Agustín, perdóname, perdóname! ¡Siempre te quise! ¡¡¡¡¡¡¡Te amoooo, te amoooooo, te amoooooooooooooo!!!!!!!.


Natalia entró en demencia,  se quitó el velo, se rasguño el vestido, aventó la cola y sus tacones blancos contra los troncos más cercanos. Su llanto, su lamento era incontrolable. Creía que en algún momento estaría con el amor de su vida.


La boda fue el último acto público que vieron de la estrella. Natalia terminó recluida en un hospital psiquiátrico. Después de una intensa búsqueda, la encontraron dormida y fuera de sus sentidos dos días después. Se volvió adicta a los antidepresivos, a los ansiolíticos y sobre todo a lo que pudo ser el recuerdo eterno de los momentos más hermosos de su vida, alejada de los reflectores pero acercada al amor sincero, y que nunca supo valorar: los momentos que le regaló Agustín sin condición alguna y de quien, vestida como indigente en honor a su memoria y con el velo puesto de la boda que tendría, lo acompañaba con una foto de él que sujetaba fuertemente contra su pecho y que siempre tuvo oculta en un rincón de su bolso, que nunca fue esculcado por el que sería su millonario marido.


Natalia daba vueltas en el patio del manicomio y le decía a los loqueros que esperaba a Agustín porque en unos minutos se iban a casar.



13 dic. 2017

Viejo cerdo


Chalino trabajaba de conserje en un supermercado. Cada fin de semana se gastaba su pago en baile y cervezas. Era un tipo de aquí y ahora, aunque después tuviera que ir al empeño a dejar su tele, su ropa y, tal vez, por poco, a su novia.

Chalino no faltaba a ninguno de los bailes gruperos que la ciudad presentaba hasta que, un día fue llamado por un empresario para que sirviera de apoyo moviendo cables y limpiando el escenario. Por fin le pagarían por acudir a un evento de los que tanto disfruta. Sin embargo, se realizaría un miércoles desde las 2 de la tarde, pues desde temprano, una horda de grupos tocaría sobre los tres escenarios montados en la explanada de la ciudad.

Creyendo que tenía todas las de ganar, Chalino acudió días antes con el patrón. Quería solicitarle permiso para ausentarse el día del baile, mismo que le fue negado. El semblante del empleado se volvió deprimido y malhumorado hasta que llegó el día y Julián, su amigo, que descansaba ese día, llegó al supermercado y le dijo:

— Mijo, ¿vas a ir al evento? Tendremos harto jale.
— No me dejo el viejo cerdo —contestó mientras barría la oficina del subjefe—.
— ¿Quién es el viejo cerdo?
— ¡Ése pinche güey! —expresaba con rabia mientras señalaba la puerta de la oficina de su patrón que se encontraba ausente—.
— ¿Cuál?
— ¡Ése hijo de su perra madre! —manifestaba colérico mientras volvía a señalar la oficina—.
Chalino no se percato que tenía a su jefe a escasos centímetros de su espalda. En eso, le dijo lo siguiente:
— Chalino, ¿puedes interrumpir la limpieza de esta oficina, por lo mientras, y le das una pasada a la mía? ¡Tendré visitas!
— ¡Sí, jefecito chulo, claro! ¡Lo que ested guste! ¡Ya sabe que estoy para servirle! —le contestaba con actitud optimista, risueño y soltando risas nerviosas—.

El  jefe se retiraba mientras Chalino empezaba el aseo del espacio. Minutos después, Julián soltaba la carcajada que por poco no se contenía mientras observaba el gesto de sumisión de Chalino.

— ¿Con que éste es el viejo cerdo? —expresaba Julián mientras le llegaba un ataque de risa—. ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Sí, patrón, lo que usted diga! —seguía riendo—. ¡Ya me voy al baile! ¡Ahí te encargo el changarro!
— ¡Pinche, Julián! —murmuraba Chalino muy molesto mientras veía a su amigo partir tranquilamente mientras se acercaba a sacudir la sala y tropezaba con una cubeta que había dejado mal acomodada—.

11 dic. 2017

Ochentrax 6: La marcha

Comparto el podcast 6 de Ochentrax titulado: "La marcha", dedicado al Sr. Presbítero Fco. Martínez que ya me dijo que no tendré perdón de Dios si no saco estos programas más seguido. Pues bueno, como buen samaritano, aquí ando cumpliendo. Alabados sean.




Al mismo tiempo les comparto el link donde iré actualizando cada vez que salga un episodio nuevo.

Alabados sean, ¡sí hay futuro!

https://sites.google.com/view/ochentrax

7 dic. 2017

Hoy hay una marcha y sé que estarás ahí

Hoy hay una marcha y sé que estarás ahí. Hoy hay una marcha y sé que no te encontraré. Entre miles de agremiados vestidos igual, como si fueran habitantes de Norcorea en un mitin, sabré que estarás ahí, desgastando tus suelas, caminando varios metros, haciendo ejercicios involuntarios de cardio, pensando en un mejor salario, en un salario que no te di, pero tu gobierno mucho menos.

Pero piensa, ¿acaso este gobierno te ha hecho feliz? ¿Cuándo te ha llevado flores o serenata o cuándo te ha sacado a bailar en medio de la luna llena con música imaginaria en un jardín sin luz? ¿Acaso te ha dedicado poesías de Benedetti o te ha regalado el mejor de los tintos, los de cosecha antigua fabricados en Italia? ¿Acaso te ha susurrado en tu oído derecho la traducción del enamoramiento al español con dos simples palabras: un "te" y un "amo"? ¿Te ha llevado de la mano recorriendo una larga avenida y ha charlado contigo de los simples detalles de la vida? ¿Acaso ha visto contigo, echado en la cama, una comedia romántica con final cursi en Netflix? ¿O se ha reído a tu lado por una jocosa rabieta del Tuca Ferretti?

Hoy hay una marcha y sé que te acordarás de mí. Porque pides algo justo que todos los que trabajamos merecemos. Pero no llegará porque no hay dinero y si lo hubiera, tu gobierno no te lo daría porque el dinero lo confunde con amor y su amor es más bajo que su autoestima, más bajo que el precio de la gasolina durante la década de los noventa.

Hoy hay una marcha y clamarás por un salario justo, pero en realidad, en el fondo, mientras caminas y tus pensamientos te atrapen, me recordarás, sonreirás y como bipolar llorarás porque descubrirás que estás sola y clamarás imploradamente que yo regrese contigo, porque la felicidad que yo te compartía, te daba más satisfacción, y mucho más dicha, que tu simple salario justo.

Hoy hay una marcha y sé que estarás ahí.

Arturo Borja